Modelos simples, realidad compleja

Un modelo enfoca determinadas causas para mostrar cómo funcionan sus efectos en un sistema. Construye un “mundo artificial” que revela ciertas conexiones entre las partes que conforman un todo. Conexiones muy difíciles de vislumbrar sin la manipulación del mundo real en su farragosa complejidad.

Desde siempre los economistas se han preocupado por el funcionamiento de los mercados y la forma en que los caracterizan suele ser bastante amplia, donde cabe preguntarse: ¿cómo se establecen los precios?, o ¿se utilizan los recursos de manera eficiente?, ¿pueden mejorarse?, ¿de qué forma?, ¿cómo se distribuyen las ganancias de los intercambios?, etc.

Los modelos económicos sirven para esclarecer este tipo de interrogantes, pero ¿qué es exactamente un modelo? Es muy difícil responder a esta pregunta, sin embargo, una forma sencilla de definirle es pensar en ello como simplificaciones diseñadas para mostrar el funcionamiento de un mecanismo, aislándolo de otros efectos que pueden llevar a la confusión.

Un modelo se centra en determinadas causas para mostrar cómo funcionan sus efectos en un sistema, es decir, se construye un “mundo artificial” que revela ciertas conexiones entre las partes que conforman un todo. Conexiones muy difíciles de vislumbrar sin la manipulación del mundo real en su farragosa complejidad.

Los modelos en economía no se distancian demasiado de las maquetas arquitectónicas o de los modelos anatómicos de los médicos. Los arquitectos en sus maquetas emplean una narrativa formal, una de volúmenes y de formas. Esta narrativa también es un lenguaje matemático por que involucra geometría euclidiana, trabaja con áreas, ángulos, vectores, etc.

El diseño arquitectónico no se distancia demasiado del diseño de modelos en la economía. Digamos que un arquitecto se vale de dibujos, bosquejos, planos y maquetas como “herramientas” para desempeñar su labor, y cree en las virtudes pedagógicas de la forma geométrica.

El método de la arquitectura mantiene estrecha relación con el de la pintura y la escultura: la composición, el punto de fuga, la perspectiva, etc., para crear esas herramientas. En este sentido, la simplicidad y claridad son dos valores fundamentales.

De forma análoga, podemos decir que el economista se vale de “dibujos” (en un sentido amplio) que podrían ser las ecuaciones matemáticas, igual se vale de la geometría analítica con el plano cartesiano para representar gráficamente dichas ecuaciones. Utiliza modelos a escala o simplificaciones del vasto mundo real y emplea de la teoría sus supuestos y axiomas para crear sus “herramientas” de trabajo.

Ergo, la maqueta arquitectónica confía en un lenguaje formal depurado que lleva el diseño a su mínima expresión, en principio, rechaza toda derivación decorativa y subraya los elementos esenciales invariables que representan el orden y la economía volumétrica en un sistema estructural claro.

Se requiere de un lenguaje que destile la esencia de una forma hasta llegar a sus componentes más básicos. Luego se comunica con el paisaje, el entorno, con las condiciones ambientales, integrándose con el contexto específico. Como consecuencia, y a partir de una representación a escala, se produce el paisaje urbano en la realidad.

Por ejemplo, el proyecto de la casa Dom-ino en 1914 ―nombre compuesto por la unión de «domus» e «innovación»― del arquitecto teórico suizo Charles-Edouard Jeanneret (posiblemente el arquitecto más famoso de todos y uno de los más influyentes del siglo XX), mejor conocido con el seudónimo de Le Corbusier.

En este modelo-maqueta, la plástica arquitectónica se nutre de la actualidad política, artística y científica ―el espirit nouveau de la época, el advenimiento del modernismo y del avant-garde―. Establece vínculos con el universo de la maquinaria (industria) y del arte, y los asimila. Prescinde de los detalles irrelevantes (como los muros o instalaciones sanitarias) para concentrarse en las estructuras relevantes ―principio estructural de pilotes y losas de hormigón― que ofrecen numerosas posibilidades de diseño en cada planta.

Este diseño fue completamente revolucionario, un nuevo modelo de vivienda que derivó en la producción en serie altamente influenciado por el fordismo bajo la premisa de “reproducción del producto arquitectónico”. Con este diseño modular se redujeron los tiempos y los costos de producción.

Se convirtió tan popular que prácticamente todos los edificios modernos se construyeron bajo este principio de “plantas libres”. Este prototipo representó un punto de inflexión en el diseño arquitectónico y se sirvió de los avances tecnológicos en materiales y métodos constructivos de la época.

Un diseño empapado de la segunda revolución industrial e impregnado de la atmosfera modernista que generó el desarrollo de la gran industria en los albores del siglo XX. Esto es, grosso modo, el empleo de nuevas fuentes de energía que sustituyó el carbón por el petróleo y la electricidad, se desarrolló el motor de combustión interna, hubo una gran expansión de los medios de transporte y de la productividad en el trabajo, aparecieron nuevas industrias como la petroquímica, farmacéutica, siderúrgica y nuevas formas de organización en la producción como el taylorismo entre otras consecuencias muy importantes para el capitalismo. No así para el planeta.

Por medio de la historia podemos darnos cuenta de que el mundo a inicios del siglo XX vivió una situación compleja de relaciones causales que derivó en trasformaciones sociales y económicas.

Un ejemplo de ello fue que el emplazamiento de los centros fabriles en las ciudades provocó un crecimiento demográfico importante, se conformaron las masas sociales que se trasladaron a los centros urbanos que en poco tiempo se vieron desbordados, lo cual produjo un déficit habitacional.

De esta problemática originada por el escenario industrioso en Norteamérica y Europa a inicios del siglo pasado es que se da una “revolución” en la arquitectura, es decir, la vivienda dejó de ser una obra individualista con carácter escultórico, y pasó a tener características de universalidad, estandarización y reproductibilidad.

El modelo Dom-ino pretendía solucionar el problema habitacional y hacerlo accesible a la masa obrera. De esta manera se propone que la vivienda ya no se “construya” tabique por tabique, sino que se da pie al “montaje” en etapas con materiales preconstruidos en serie.

De tal suerte que esta maqueta representa de forma muy esquemática y simple un “concepto” nuevo de vivienda plasmando la estructura más relevante y prescindiendo de otras que no lo son. Se concentra en las medidas de altura entre losas, distancia entre columnas, etc.

Podría decirse que el fenómeno social que intentó “explicar” y/o solucionar es la adaptación de una vivienda a una “familia tipo” de la época. Es por ello que el diseño se abstiene de representar la disposición de las habitaciones, así tampoco los muebles o el color de los muros están presentes en el diseño. Estos detalles no se muestran en el modelo, porque no sean importantes, sino porque no son parte del lenguaje formal de la vivienda ni del propósito que es precisamente la posibilidad de adaptar las habitaciones como cada usuario desee.

Aunque es un modelo muy sencillo y abstracto en apariencia, su diseño se centra en un fenómeno habitacional, y nos permite ver que es un prototipo diseñado para que en la “realidad” sea rápido en su fabricación, a un bajo costo y que se adapte a las necesidades de una familia prototípica.

Los modelos en economía son muy similares, son representaciones simbólicas que, para el diseño de una política de regulación de la emisión de gases de efecto invernadero u otra clase de humos sulfurosos por parte de empresas contaminantes, por ejemplo, se prescinde de modelar toda una gama de motivaciones presentes en la psicología moral de los agentes en su toma de decisiones. Es aquí donde radica el grado de realismo y simplicidad en los modelos.

El modelo económico más extendido es el modelo de oferta y demanda (o cruz marshalliana) que se le atribuye al economista británico Alfred Marshall en su libro Principios de Economía publicado en 1890, y representa la curva de demanda con pendiente negativa y la curva de la oferta con pendiente positiva formando un tache o una cruz en el plano cartesiano con precios y cantidades en los ejes de ordenadas y abscisas respectivamente.

En este caso, el “mundo artificial” que se construye ―aislándolo de ciertos efectos con simplificaciones diseñadas para mostrar el funcionamiento de un sistema― es el «mercado perfectamente competitivo» basado en supuestos o afirmaciones distorsionadas del mundo real tales como: que existe una gran cantidad de productores y consumidores donde todos ellos son racionales y persiguen sus propios intereses, existe libre entrada y salida de factores al mercado, todos tienen el mismo conocimiento o información simétrica y ninguno tiene la capacidad de afectar el precio de los bienes que se establece socialmente, etc.

Este modelo pasa por alto muchas cosas como que los agentes económicos no solamente están movidas por el egoísmo o por las utilidades, o que tienen motivaciones distintas a las materiales, que la racionalidad puede ser afectada por cortocircuitos cognitivos o que a menudo se ve desplazada por las emociones, donde no todos tienen el mismo conocimiento, que el precio de un bien a menudo poco tiene que ver con su demanda, etc.

Pese a ello, nos ayuda bastante a esclarecer algunos aspectos del funcionamiento de la economía en el mundo real. Por ejemplo, nos permite ver que el incremento en los costos de producción de un producto se trasladará a su precio reduciendo así las cantidades demandadas y ofertadas. A partir de este modelo se deriva la teoría del consumidor, la función de utilidad, o la elasticidad de la demanda, muy familiar a todo aquel que haya tomado un curso introductorio de microeconomía.

Consideremos ahora otro modelo muy diferente sobre el funcionamiento del mercado. El dilema del prisionero es un modelo de la Teoría de juegos y es el ejemplo clásico de un juego no cooperativo de suma cero, lo cual quiere decir que lo que gana uno de los jugadores es exactamente lo que pierde el otro. Es muy popular en abundantes trabajos contemporáneos de economía experimental.

La forma de ilustrar el problema es la siguiente, supongamos que dos empresas competidoras en un mismo mercado deben decidir si asignan o no mayores recursos a publicidad para aumentar la demanda de sus productos. Este aumento permitiría a una de ellas capturar parte de los clientes de la otra, pero si ambas empresas aumentan su publicidad se anularía el efecto sobre la demanda y habrían invertido dinero inútilmente.

Este modelo muestra que las empresas toman sus decisiones por separado y que solo lo hacen pensando en su propio beneficio independientemente de lo que haga la otra. De este modo cada empresa tendría interés en incrementar su publicidad. Si una empresa lo hace, la otra se verá obligada a hacerlo también para no perder cuota de mercado (clientes).

El primer modelo económico describe un escenario competitivo con muchos participantes; por ejemplo, el mercado de naranjas donde hay muchos productores y consumidores. El segundo describe un escenario con solo dos participantes; un mercado duopolístico donde solo dos grandes empresas compiten en la industria aeroespacial, por ejemplo, SpaceX y Blue Origin.

Es claro que estos ejemplos no nos dicen todo sobre los mercados competitivos, o sí realmente son eficientes, sí logran algún tipo de equilibrio, tampoco sí funcionan correctamente o no. Pero si nos esclarecen una parte del funcionamiento de un mecanismo causal de su universo fenomenal. Ambos modelos no son correctos o incorrectos, cada uno resalta mecanismos diferentes presentes en las economías del mundo real.

Los modelos económicos y las maquetas arquitectónicas guardan bastante similitud: son simples, se desarrollan en escenarios abstractos, no pretenden mucho realismo y el comportamiento de los agentes que caracterizan tiene una forma muy esquemática o instrumental.

En determinadas circunstancias, un modelo simple puede serlo demasiado, y seguramente se necesite algo más de detalle. Hacer algo sencillo no es fácil, simplificar es un proceso que elimina la complejidad sin afectar la funcionalidad, la clave está en aislar hipotéticamente las interacciones más importantes.

Un modelo nunca es mejor que otro. Los modelos son relevantes y nos enseñan aspectos del mundo real precisamente porque son simples, y los modelos simples son indispensables. Los modelos nunca son la verdad absoluta, pero en ellos se puede encontrar al menos parte de la verdad. Por lo tanto, la mejor forma en la que podemos comprender el mundo (arquitectónico) es recurriendo a la simplificación.

Referencias

Cohen, Jean-Louis. Le Corbusier 1887-1965. El lirismo de la arquitectura en la era mecánica, Taschen, 2006, 7-15.

Gibbard, A. & Varian, H. Economic Models, The Journal of Philosophy, Vol. 75, No. 11, 1978, 664-677.

Rodrik, Dani. Economics Rules: The Rights And Wrongs of The Dismal Science, W.W. Norton & Company, 2015, 9-44.